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Homilias

Cuarenta días después de Navidad celebramos al Señor que, entrando en el templo, va al encuentro de su pueblo. En el Oriente cristiano, a esta fiesta se la llama precisamente la «Fiesta del encuentro»: es el encuentro entre el Niño Dios, que trae novedad, y la humanidad que espera, representada por los ancianos en el templo.

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La lettura tratta dal libro dell’Esodo ci parla di Mosè e di Maria, fratello e sorella, che innalzano un inno di lode a Dio sulle rive del Mar Rosso, insieme alla comunità che Dio ha liberato dall’Egitto. Cantano la loro gioia perché in quelle acque Dio li ha salvati da un nemico che si proponeva di distruggerli. Mosè stesso, in precedenza, era stato salvato dalle acque e sua sorella aveva assistito all’evento. Il Faraone aveva infatti ordinato: «Gettate nel Nilo ogni figlio maschio che nascerà» (Es 1,22). Avendo invece trovato il cesto con dentro il bambino tra i giunchi del Nilo, la figlia del Faraone lo aveva chiamato Mosè, perché diceva: «Io l’ho tratto dalle acque!» (Es 2,10). La storia del salvataggio di Mosè dalle acque prefigura così un salvataggio più grande, quello dell’intero popolo, che Dio avrebbe fatto passare attraverso le acque del Mar Rosso, riversandole poi sui nemici.

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«Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícales el mensaje que te digo» (Jon 3,2). Con estas palabras, el Señor se dirigía a Jonás poniéndolo en movimiento hacia esa gran ciudad que estaba a punto de ser destruida por sus muchos males. También vemos a Jesús en el Evangelio de camino hacia Galilea para predicar su buena noticia (cf. Mc 1,14). Ambas lecturas nos revelan a Dios en movimiento de cara a las ciudades de ayer y de hoy. El Señor se pone en camino: va a Nínive, a Galilea... a Lima, a Trujillo, a Puerto Maldonado... aquí viene el Señor. Se pone en movimiento para entrar en nuestra historia personal y concreta. Lo hemos celebrado hace poco: es el Emmanuel, el Dios que quiere estar siempre con nosotros. Sí, aquí en Lima, o en donde estés viviendo, en la vida cotidiana del trabajo rutinario, en la educación esperanzadora de los hijos, entre tus anhelos y desvelos; en la intimidad del hogar y en el ruido ensordecedor de nuestras calles. Es allí, en medio de los caminos polvorientos de la historia, donde el Señor viene a tu encuentro.

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«Mari, Mari» (Buenos días)

«Küme tünngün ta niemün» (La paz esté con ustedes) (Lc 24,36).

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«Al ver a la multitud» (Mt 5,1). En estas primeras palabras del Evangelio que acabamos de escuchar encontramos la actitud con la que Jesús quiere salir a nuestro encuentro, la misma actitud con la que Dios siempre ha sorprendido a su pueblo (cf. Ex 3,7). La primera actitud de Jesús es ver, es mirar el rostro de los suyos. Esos rostros ponen en movimiento el amor visceral de Dios. No fueron ideas o conceptos los que movieron a Jesús... son los rostros, son las personas; es la vida que clama a la Vida que el Padre nos quiere transmitir.

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Este año he querido celebrar la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado con una Misa a la que estáis invitados especialmente vosotros, migrantes, refugiados y solicitantes de asilo. Algunos acabáis de llegar a Italia, otros lleváis muchos años viviendo y trabajando aquí, y otros constituís las llamadas “segundas generaciones”.

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Son tres los gestos de los Magos que guían nuestro viaje al encuentro del Señor, que hoy se nos manifiesta como luz y salvación para todos los pueblos. Los Reyes Magos ven la estrella, caminan y ofrecen regalos.

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El año se abre en el nombre de la Madre de Dios. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen. Pero nos podemos plantear una cuestión: ¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús? Algunos en el pasado pidieron limitarse a esto, pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios. Tenemos que dar gracias porque estas palabras contienen una verdad espléndida sobre Dios y sobre nosotros. Y es que, desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno.

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María "dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo colocó en un pesebre, porque no había lugar para él en el alojamiento" ( Lc 2: 7). Con esta expresión simple pero clara, Lucas nos lleva al corazón de esa noche santa: María dio a luz a la luz, María nos dio la Luz . Una historia simple para sumergirnos en el evento que cambia nuestra historia para siempre. Todo en esa noche se convirtió en una fuente de esperanza.

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O Evangelho que acaba de ser proclamado é o prefácio de dois grandes cânticos: o cântico de Maria, conhecido como o «Magnificat», e o cântico de Zacarias, o «Benedictus», e apraz-me chamar-lhe «o cântico de Isabel, ou da fecundidade». Milhares de cristãos do mundo inteiro começam o dia cantando: «Bendito seja o Senhor» e acabam a jornada «proclamando a sua grandeza, porque olhou com bondade para a humildade da sua serva». Desta forma, os crentes de diversos povos, no dia a dia, procuram fazer memória; recordar que de geração em geração a misericórdia de Deus se estende sobre todo o povo, como tinha prometido aos nossos pais. É neste contexto de memória grata que brota o cântico de Isabel em forma de pergunta: «Quem sou eu, para que a mãe do meu Senhor venha ter comigo?». Isabel, a mulher marcada pelo sinal da esterilidade, encontramo-la cantando sob o sinal da fecundidade e do deslumbre.

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Tutti i giorni noi rendiamo grazie al Signore per quello che fa nella nostra vita; ma quando ci sono delle ricorrenze importanti – 25°, 50°, anche le decine di anni – rendere grazie a Dio è più forte. E in queste ricorrenze si fa più forte la memoria del cammino trascorso, e questa memoria ci porta ad offrire un dono. Memoria che è una dimensione della vita. E’ una disgrazia perdere la memoria di tutto quello che Dio ha fatto per noi: “Ricordati, Israele, ricordati...”, quella dimensione deuteronomica della vita.

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