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Sandro Magister nos hace entrega de un artículo del padre Domenico Marafioti, sj con pedigrí y prestigio, en el que afirma que el Papa no ha escrito estas simples palabras: Es posible dar la Comunión a los católicos divorciados y vueltos a casar. Y remata la faena así: Si él no las ha escrito, nadie las puede incluir, y menos hacer lo que él no ha dicho.

Bien. A primera vista no parece que haya nada que objetar a estas afirmaciones del padre Marafioti. Pero esa es solo la primera y muy somera vista. Porque la cosa es mucho más peliaguda. Y me explico.

Ciertamente, el Papa Francisco no ha escrito esas palabras tal como las enuncia el padre jesuita; el Papa ha escrito y rubricado que, en algunos casos… es posible, porque puede darse el caso de que A causa de circunstancias o de factores atenuantes, es posible que aun estando en una situación objetiva de pecado grave se pueda vivir en gracia y recibir, por tanto, la ayuda de la Iglesia. Ayuda que, en nota a pié de página -la ya famosísima 351-, ¿concreta? que en ciertos casos podría ser la ayuda de los Sacramentos, entendiéndose -dice Marafioti, referidos a la Confesión y a la Comunión.

El problema no se acaba con este planteamiento bien intencionado del padre jesuita. Por varias razones, a las que no parece que él llegue. Pero sobre todo, porque el mismo Papa se encarga de desmentirle. Y entro ya al tema.

En primer lugar, porque una cosa tan gravemente seria, tan espeluznantemente audaz-por decirlo suavemente-, y tan probablemente -muy ciertamente- dañino para la Iglesia, para los mismos Pastores y para las almas católicas -la parte más indefensa-, no puede dejarse en esos parámetros tan deletéreos, tan inexactos, tan imprecisos y tan alejados -tan en contra- de la praxis bimilenaria de la Iglesia,

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior: ya se han dado casos de sentirse autorizados -Cardenales con mando en plaza; y sin mando, pero buenos voceros- para poner en práctica lo que, según Marafioti, el Papa no ha dicho así. Y ahí están los casos del filipino, del austríaco -los dos con mando-, y del alemán, emérito pero hablador y sonriente, muy sonriente: es que se parte, el tío. Él sabrá de qué.

Pero el Papa, si tuviese razón el padre jesuita en sus apreciaciones, ante estas praxis que irían mucho más allá de lo que él habría escrito y rubricado, no solo no habría callado -pues ya sabemos que el que calla, otorga-, sino que nunca hubiese alabado públicamente al austriaco y al alemán. Cosa que sí ha hecho. Del filipino no sé nada, solo que tiene un buen cargo.

Del alemán ha dicho que hace teología de rodillas: ahí es nada la del ojo, y lo llevaba colgando, cuando presentó al Sínodo sobre la familia; y al anterior, al austriaco, lo ha puesto como su interlocutor e intérprete válido de lo recogido en la Amores laetitia a la hora de dar la Comunión a los tales: divorciados y metidos a adúlteros profesionales. Lo dijo en un avión -palabras de altura y de visión amplia-, después de contestar a una pregunta bien pertinente: Podría decir que sí, y punto. Pero vayan al cardenal von Schömborn, a su presentación de la Exhortación: ahí tienen la respuesta.

O sea, que lo que el Papa Francisco no ha escrito por lo derecho en la Amores laetitia lo ha dicho -más claro agua- de viva voz, y a respuesta a pregunta directa. Amén de no desautorizar praxis en línea directa con lo que él no habría dicho.

Y esto es lo que, en mi opinión, más daño está haciendo en la Iglesia. Las aguas se han enturbiado tanto, tanto…, que ya no sabe uno si son potables o están ya irremisiblemente infectadas. Y envenenan.

Eso sí: una buena purificadora necesitan. Y habrá que hacerla. Con toda la urgencia que sea posible.