Los documentos papales se supone son para animar, confirmar en la fe, aclarar, unir, hacer iglesia. Je.Amoris Laetitia ha conseguido ser el documento papal no sé si más leído, aparte algún párrafo y alguna nota a pie de página, pero desde luego el que ha conseguido más polémica, más confusión, más división. Desde el principio de ese sínodo de la familia celebrado en dos partes si algo aparecía por todas partes era confusión, relativismo, manos negras, manipulación y diversas artes cuando menos discutibles. Estoy generoso.

Sorprendente que esta exhortación post sinodal haya ido recibiendo apoyos y contra apoyos en forma de recogida de formas, campañas de adhesión inquebrantable, otras de reprobación sistemática. Un lío en toda regla. Los estudios, algunos serísimos sobre el asunto, tampoco es que hayan aportado mayor tranquilidad. Todo lo contrario.

Tras las firmas de todo titirimundi, llegaron las, digamos, cualificadas. En julio conocimos una carta en contra de cuarenta y cinco intelectuales, entre laicos y religiosos, muy fundamentada, que se posicionaba claramente en contra. Hace apenas unos días conocíamos los criterios de interpretación lanzados por los obispos de la región eclesiástica de Buenos Aires, y el aval del papa Francisco a la misma. Pues pareciera que todo claro, tanto que incluso algún arzobispo español ha declarado solemnemente en la web de su arzobispado que si, que amén, y que esa es la interpretación válida de Amoris Laetitiae.

De nuevo je, porque los obispos de Alberta y Northwest Territory, en Canadá, interpretan la cosa de manera diametralmente opuesta a sus hermanos de Buenos Aires, y tan obispos son unos como los otros. Y todo esto a la espera de más que va a salir y de instancias de cierta altura.

En otros tiempos, algunos hubieran hablado de madurez eclesial, sentido crítico, legítima pluralidad, apertura evangelica y sensus fidelium. Más aún, las discrepancias provenientes de mitradas testas hubieran sido presentadas como opiniones de obispos tan obispos como el de Roma. Pero ¡ay Señor! han cambiado los tiempos y hoy discrepar de algunas cosas del papa Francisco es sinónimo de disidencia, infidelidad al sucesor de Pedro y voluntad de dinamitar la iglesia desde dentro.

Vistas como están las cosas, más nos hubiera valido que el sínodo y el post sínodo hubieran sido solo un sueño, que aquí no ha pasado nada y que yo no recuerdo nada sobre la familia en los últimos años. Pero no. Queríamos lío y ahí lo tenemos, pero lío del malo: follón, jaleo, división, discrepancia, oposición y tú más.

A estas alturas de la película lo único que digo es que se ha liado. Que esto no es bueno, que tanto jaleo no hay quien lo aguante y que vaya papelón nos dejan a los curas, porque se nos han dado argumentos para que, se haga lo que se haga, todo sea igualmente válido y todo tenga sus apoyos episcopales, una cosa y la contraria. A lo mejor eso es el evangelio. ¡Ay!