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La siguiente es una entrevista exclusiva con el cardenal Carlo Caffarra, llevada a cabo por el Dr. Maike Hickson de OnePeterFive.
El cardenal es arzobispo emérito de Bolonia y ex miembro del Consejo Pontificio para la Familia. Fue en una carta al cardenal Caffarra que Sor Lucía de Fátima reveló que «la batalla final entre el Señor y el reino de Satanás se hará sobre el matrimonio y la familia.

Usted ha hablado, en una entrevista reciente, sobre la exhortación papal Amoris Laetitia, y ha dicho que, especialmente el capítulo 8 no es claro y ya ha causado confusión, incluso entre los obispos. Si usted tuviera la oportunidad de hablar con el Papa Francisco sobre este asunto, ¿qué le diría? ¿Cuál sería su recomendación en cuanto a lo que el Papa Francisco podría y debería hacer ahora, dado que hay tanta confusión?

En Amoris Laetitia [308] el Santo Padre Francisco escribe: Entiendo a aquellos que prefieren una pastoral más rigurosa, que no deja lugar a confusión. Infiero de estas palabras que Su Santidad se da cuenta de que las enseñanzas de la exhortación podrían dar lugar a confusión en la Iglesia.

En lo personal, deseo -y así es como muchos de mis hermanos en Cristo (cardenales, obispos y fieles laicos por igual) también piensan- que la confusión se debe eliminar, pero no porque yo prefiera una pastoral más rigurosa, sino, más bien, porque simplemente prefiero una pastoral más clara y menos ambigua. Dicho esto - con el debido respeto, el afecto y la devoción que siento la necesidad de nutrir hacia el Santo Padre - yo le diría:

a) Su Santidad, por favor aclare estos puntos: ¿Cuánto de lo que Su Santidad ha dicho en la nota 351 del párrafo 305 es también aplicable a las parejas divorciadas y vueltas a casar que aún desean de todos modos seguir viviendo como marido y mujer; y por lo tanto cuánto de lo que fue enseñado por Familiaris consortio Nº 84, por Reconciliatio Poenitentia Nº 34, por Sacramentum unitatis Nº. 29, por el Catecismo de la Iglesia Católica Nº 1650, y por la doctrina teológica común, debe considerarse ahora como abrogado?

b) La enseñanza constante de la Iglesia, que también ha sido recientemente reiterada en Veritatis splendor, Nº 79, es que hay normas morales negativas que no permiten ninguna excepción, ya que prohíben los actos que son intrínsecamente deshonrosos y deshonestos, como por ejemplo, el adulterio. ¿Se cree todavía que esta enseñanza tradicional es verdadera, incluso después de Amoris Laetitia?

Esto es lo que yo le diría al Santo Padre. Si el Santo Padre, a su juicio supremo, tuviese la intención de intervenir públicamente con el fin de eliminar esta confusión, creo que tiene a su disposición muchos medios diferentes para hacerlo.

Usted es también un teólogo moral. ¿Cuál es su consejo para los católicos confundidos respecto a la enseñanza moral de la Iglesia católica sobre el matrimonio y la familia? ¿Qué es una conciencia con autoridad y bien formada cuando se trata de temas como la anticoncepción, el divorcio y el nuevo matrimonio, así como la homosexualidad?

La condición en la que el matrimonio se encuentra hoy en Occidente es simplemente trágica. Las leyes civiles han cambiado su definición, ya que han erradicado la dimensión biológica de la persona humana. Se han separado de la biología de la generación de la genealogía de la persona. Pero voy a hablar de esto más tarde.

Para fieles católicos que están confundidos acerca de la Doctrina de la Fe sobre el matrimonio, simplemente digo: Lee y medita en el Catecismo de la Iglesia Católica nn.1601-1666. Y cuando oigas a algunos hablar del matrimonio, aunque lo hagan sacerdotes, obispos, cardenales, y luego compruebes que no está en conformidad con el Catecismo, no los escuches. Son ciegos guías de ciegos.

¿Podría explicarnos, en este contexto, el concepto moral según el cual nada de lo que es ambiguo es vinculante para la conciencia católica, y especialmente cuando se demostrado ser intencionalmente ambiguo?

La lógica nos enseña que una proposición es ambigua cuando se puede interpretar según dos significados diferentes y / o contrarios. Es obvio que tal proposición no puede tener ni nuestro asentimiento teórico ni nuestro consentimiento práctico, ya que no tiene un significado seguro y claro.

Con el fin de ayudar a los católicos en esta época de mucha ambigua equivocidad y «reserva mental, ¿habría algo que el Papa Pío XII podría todavía enseñarnos especialmente a nosotros, en relación con las cuestiones de matrimonio y divorcio, y acerca de la formación de los niños pequeños para la vida Eterna, ya que él ha escrito tan ampliamente sobre estos asuntos?

El magisterio de Pío XII sobre el matrimonio y la crianza de los niños fue muy rico y frecuente. Y de hecho, después de la Sagrada Escritura, él es el autor más citado por el Vaticano II. Me parece que hay dos discursos que son particularmente importantes para responder a su pregunta.

La primera es la Alocución radial acerca de la correcta formación de una conciencia cristiana en los jóvenes,» 23 de marzo de 1952, en AAS vol. 44,270-278. La segunda es la Alocución a las Federación Mundial de Juventudes Femeninas Católicas. Este último es de gran importancia magisterial: pues se trata de la ética de situación.

El jesuita alemán Padre Klaus Mertes acaba de decir en una entrevista a un periódico alemán que la Iglesia Católica ahora debe ayudar a establecer un derecho humano a la homosexualidad. ¿Cuál debe ser la respuesta apropiada de la Iglesia a una propuesta de este tipo? Incluyendo la sanción disciplinaria apropiada, así como la doctrina moral.

Sinceramente, no puedo entender cómo un teólogo católico puede pensar y escribir sobre un derecho humano a la homosexualidad. En el sentido preciso, un derecho (individual) es una facultad moralmente legítima y jurídicamente protegida para realizar una acción. El ejercicio de la homosexualidad es inherentemente irracional y por lo tanto deshonesto. Un teólogo católico no puede -no debe- pensar que la Iglesia debe esforzarse por establecer un derecho humano a la homosexualidad.

Más fundamentalmente, ¿en qué medida pueden los hombres tener un derecho humano -es decir, una demanda en justicia- para hacer lo que es malo a los ojos de Dios, tal como, por ejemplo, la práctica de la poligamia?

La cuestión de los derechos individuales ha cambiado sustancialmente en su significado. Identifica el derecho con sus propios deseos. Pero no tenemos aquí el espacio para abordar esta cuestión desde el punto de vista del legislador humano.

Desde que el Padre Mertes ha hecho hincapié en su entrevista en la importancia de separar la procreación del acto conyugal con el fin de hacer el camino libre para la homosexualidad ¿podría explicarnos la enseñanza moral tradicional de la Iglesia sobre los fines ordenados del matrimonio y la primacía de la procreación y educación de los hijos para el Cielo?

¿Por qué es la procreación una finalidad tan importante del matrimonio? ¿Por qué no podría ser que el amor y el respeto mutuos entre la pareja viniesen primero y tuviesen prioridad? ¿Ve Ud. consecuencias prácticas si uno invierte los fines del matrimonio - es decir, si uno pone el amor mutuo y el respeto por encima de procreación de los hijos para el Cielo?

Yo preferiría dar una respuesta sintética a las tres cuestiones planteadas en estas dos preguntas. De hecho, ellas tocan una gran cuestión que es de importancia fundamental para la vida de la Iglesia y de la sociedad civil. La relación entre los aspectos del amor conyugal, por un lado, y de la procreación y educación de los niños, por el otro, es una correlación, como dicen los filósofos. Es decir: es una relación de interdependencia entre dos realidades distintas.

El amor conyugal que se está expresando sexualmente cuando los dos cónyuges se hacen una sola carne es el único lugar éticamente digno para dar vida a una nueva persona humana. La capacidad de dar vida a una nueva persona humana está inscrita en el ejercicio de la sexualidad conyugal, que es el lenguaje esponsal de donación recíproca entre los cónyuges. En resumen: la conyugalidad y el don de la vida son inseparables.

¿Qué ha pasado sobre todo después del Concilio? En contra de la enseñanza del mismo Concilio, se insistió tanto en el amor conyugal, que se consideró a la procreación meramente como la consecuencia colateral del acto de amor conyugal. El Beato Pablo VI corrigió este punto de vista en la encíclica Humanae Vitae juzgándolo contrario a la recta razón y de la fe de la Iglesia.

Y san Juan Pablo II, en la última parte de su hermosa Catequesis sobre el Amor Humano mostró los fundamentos antropológicos de la enseñanza de su predecesor: es decir, el acto de la anticoncepción es objetivamente una mentira dicha con el lenguaje esponsal del cuerpo.

¿Cuáles son las consecuencias del rechazo de esta enseñanza? La primera y más grave consecuencia fue la separación entre la sexualidad y la procreación. Se comenzó con sexo sin bebés, y se llegó a bebés sin sexo: la separación es completa. La biología de la generación está separada de la genealogía de la persona. Esto conduce a «producir» niños en el laboratorio; y a la afirmación del (supuesto) derecho a un niño. Disparates. No hay derecho a una persona, sino sólo a las cosas.

En este punto estaban dadas todas las premisas para ennoblecer la conducta homosexual, porque uno ya no ve su irracionalidad íntima, y toda la grave e intrínseca deshonestidad de la unión homosexual. Y así hemos llegado a cambiar la definición del matrimonio porque lo hemos desenraizado de la biología de la persona. ¡Realmente, Humanae Vitae ha sido una gran profecía!

¿Cuál es, en su esencia, la finalidad del matrimonio y la familia?

Es la unión legítima de un solo hombre y una sola mujer en orden a la procreación y la educación de los niños. Si los dos son bautizados, esta realidad misma -no otra- se convierte en un verdadero símbolo de la unión de Cristo con la Iglesia. Les da un puesto en la vida pública de la Iglesia, con un ministerio propio: la transmisión de la fe a sus hijos.

En el contexto del actual aumento de la confusión moral: ¿en qué medida el indiferentismo religioso conduce al relativismo moral (por ejemplo, la afirmación de que uno puede salvarse en cualquier religión)? Para ser más específicos, si una religión favorece la poligamia, pero se afirma que es salvífica, ¿no se debe concluir entonces que la poligamia no es ilícita, después de todo? El relativismo es como una metástasis. Si Ud. está de acuerdo con sus principios, cada experiencia humana, ya sea personal o social, llegará a corromperse.

La enseñanza del Beato J. H. Newman tiene aquí gran actualidad. Hacia el final de su vida, dijo que el patógeno que corrompe el sentido religioso y la conciencia moral, es el principio liberal, como él lo llama. Es decir, la creencia de que, con respecto a la adoración que le debemos a Dios, es irrelevante lo que pensamos de él; la creencia de que todas las religiones tienen el mismo valor. Newman considera por lo tanto el principio liberal así entendido como algo completamente contrario a lo que él llama el principio dogmático, que es la base de la proposición y la afirmación cristiana.

Del relativismo religioso al relativismo moral, sólo hay un paso. No hay problema entonces en el hecho de que una religión justifica la poligamia, y otra lo condena. De hecho, supuestamente no existe, por lo tanto, una verdad absoluta acerca de lo que es bueno y lo que es malo.

¿Le gustaría hacer un comentario sobre la reciente observación del cardenal Christoph Schönborn en el sentido de que Amoris Laetitia es doctrina vinculante y que todos los documentos magisteriales precedentes sobre el matrimonio y la familia ahora han de interpretarse a la luz de Amoris Laetitia?

Respondo con dos observaciones simples. La primera observación es: no solamente se debe leer el Magisterio anterior en el matrimonio a la luz de Amoris Laetitia (AL), sino que también hay que leer Amoris Laetitia a la luz del Magisterio anterior. La lógica de la tradición viva de la Iglesia es bipolar: tiene dos direcciones, no una.

La segunda parte es más importante. En su reciente entrevista con el Corriere della Sera, mi querido amigo el cardenal Schönborn no toma en cuenta lo que ha sucedido en la Iglesia desde la publicación de Amoris Laetitia. Obispos y muchos teólogos fieles a la Iglesia y al Magisterio argumentan que, especialmente en un punto específico -pero muy importante-, no hay una continuidad, sino, más bien, una oposición entre Amoris Laetitia y el Magisterio anterior. Por otra parte, estos teólogos y filósofos no dicen esto con un espíritu irrespetuoso o rebelde hacia el mismo Santo Padre.

Y el punto es el siguiente: Amoris Laetitia dice que, en algunas circunstancias, las relaciones sexuales entre los divorciados y vueltos a casar civilmente son moralmente legítimas. Más aún, se dice que lo que el Concilio Vaticano II ha dicho acerca de los cónyuges -con respecto a la intimidad sexual- también se aplica a ellos.

Por lo tanto: cuando se dice que una relación sexual fuera del matrimonio es legítima, es una afirmación contraria a la doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad; y cuando se dice que el adulterio no es un acto intrínsecamente deshonesto -y que por lo tanto puede haber circunstancias que hacen que no sea deshonesto- eso, también, es una afirmación contraria a la Tradición y a la Doctrina de la Iglesia.

En una situación como esta, el Santo Padre, en mi opinión -como ya he escrito- tiene por lo tanto la obligación de aclarar el asunto. Porque, cuando digo «S es Pecado», y luego digo S no es Pecado, la segunda proposición no es un desarrollo de la primera proposición, sino más bien su negación.

Cuando alguien dice: la doctrina permanece, pero se trata solamente de atender unos pocos casos, respondo: la norma moral «no cometer adulterio» es una norma ABSOLUTAMENTE NEGATIVA que no permite ninguna excepción. Hay muchas maneras de hacer el bien, pero hay una sola manera de no hacer el mal: no hacerlo.

¿Cuál es su recomendación general, como un pastor, para nosotros los laicos, en cuanto a lo que debemos hacer ahora con el fin de preservar la totalidad e integridad de la fe católica con el fin de educar a nuestros hijos para la vida eterna?

Le diré con toda franqueza que yo no veo ningún otro lugar, fuera de la familia, donde la fe que hay que creer y vivir pueda ser adecuadamente trasmitida. En Europa durante el colapso del Imperio Romano y durante las invasiones bárbaras posteriores, los monasterios benedictinos preservaron la Fe y la cultura y es lo que deben hacer ahora las familias de los que creen, en el reinado actual de una nueva barbarie espiritual y antropológica. Y gracias a Dios las familias fieles existen y resisten. Las familias creyentes son las verdaderas fortalezas. Y el futuro está en las manos de Dios.