- En esta época de Navidad es tiempo de abrir nuevamente nuestro interior para recibir la gracia de aquel, que siendo Rey nos muestra desde su nacimiento un camino de humildad y sencillez. Este acontecimiento debe impulsarnos a postrar nuestra vida delante del Príncipe de la Paz, para que así podamos recibir con gozo la bondad de Dios hecha carne en nuestros corazones, haciendo de ellos los modestos pesebres para el Divino niño.

Nuestra mirada en este tiempo de celebración debe estar fija en la contemplación de la persona de Jesús, pues en Él que es la Verdad misma están puestas todas las virtudes. De igual forma, es también un tiempo propicio para traer a nuestras vidas una pregunta que tiene gran eco pero que en ocasiones poco le permitimos que resuene en nuestro interior: ¿Qué puedo ofrecerle a Él? y es en esta respuesta donde encontramos el

centro mismo que nos convoca en estas fechas; nada mejor podemos ofrendarle que la verdad, la justicia, la libertad y el amor.

 

Debemos procurar obsequiarle al Recién Nacido un corazón que se regocije en la verdad y que haga de ésta su estandarte. Un corazón justo iluminado por la misericordia. Un corazón libre que se done sin condiciones. Un corazón encendido por el fuego de Su amor y que arda en deseos de prosperidad para sus semejantes. Es a través de esta entrega que podemos vivenciar el verdadero sentido de la navidad como tiempo de paz, una paz que solo será posible si logramos hacer propias todas estas cualidades. Nuestro país anhela vivir un tiempo nuevo, este será posible si vivimos en la Caridad que se fortalece con la Justicia, se ilumina con la Verdad y se experimenta en la Libertad.

Esta preparación del Nacimiento también debe involucrar profundamente el seno de cada familia y extenderse a cada comunidad y parroquia, pues como la gran familia Arquidiócesana que somos estamos llamados a convertir nuestros corazones y a hacer de este tiempo de gracia no solo un momento pasajero cargado de festividad, sino el terreno fértil que nos lleve a todos como rebaño a un compromiso serio y profundo de transformación en nuestro diario vivir.

Es por esto que los invito a que juntos pensemos en la primera noche donde María y José contemplan al Niño Jesús, el Salvador, el Dios con nosotros. Es allí en Belén donde esta Sagrada Familia tuvo también su propio nacimiento, donde por primera vez el gran misterio del amor se reveló a sí mismo a través de la donación, procurando de este modo en el corazón de sus padres el deseo ardiente de hacer de este pequeño niño profundamente divino pero a la vez profundamente frágil, el centro de sus vidas. Que hoy como ellos, acojamos en nuestro ser esta imagen y que este mismo deseo nos acompañe en nuestro transitar. Que la Paz y la Alegría del Recién Nacido les acompañe. Con mi bendición.