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Acabamos de vivir la Visita del Papa Francisco a Colombia. Ha sido un especial tiempo de gracia, que nos ha sacado de la rutina cotidiana, nos ha presentado grandes horizontes y nos ha llenado de esperanza. Hemos visto la alegría y el entusiasmo de millones de personas que han salido a vivir una experiencia de fe y de comunión eclesial. Hemos visto al Santo Padre sonriente, dándonos unos mensajes profundos, entregado a todos a pesar del cansancio. Hemos percibido, sobre todo, la acción de Dios dejando en cada uno de nosotros un llamamiento apremiante y algún signo de su amor.

No podemos sino dar gracias. Gracias, ante todo, a Dios, autor de todo bien; al Papa que se acercó a nuestra realidad y nos planteó nuevos caminos; a las parroquias que prepararon con la oración y la catequesis este encuentro; a los miembros de las distintas comisiones integradas por la Alcaldía de Medellín y nuestra Arquidiócesis, que trabajaron sin descanso; a tantas personas que aportaron sus servicios, su ayuda económica y sus ideas; a toda la gente que participó con fe y con gozo en este gran acontecimiento. Sin el compromiso de todos no hubiera sido posible afrontar los retos enormes de esta Visita.

Ahora tenemos que hacer una lectura cuidadosa de lo que Dios nos ha dicho y de lo que ha manifestado como su voluntad sobre nosotros; debemos considerar toda esta experiencia de vida en su conjunto; necesitamos reflexionar detenidamente y aplicar sin demoras las enseñanzas del Santo Padre; urge cultivar la unidad, la vitalidad y el entusiasmo que revelamos los miembros de la Iglesia; tenemos que empeñarnos en conservar el fuego que quedó encendido en el corazón de toda la sociedad colombiana. La Visita del Papa Francisco no fue un evento que pasó, sino una luz y una fuerza para continuar el camino.

De modo particular, quiero pedir que mantengamos presentes las tres actitudes fundamentales que nos señaló en nuestra vida de discípulos de Cristo. La primera, ir a lo esencial; es decir, ir a lo profundo, a lo que cuenta y tiene valor para la vida. No quedarnos en lo exterior sino partir siempre de una viva experiencia de Dios y de su amor. El discipulado no es algo estático, nos ha señalado Francisco, sino un continuo camino hacia Cristo, una experiencia de su presencia viva y operante. Es un aprendizaje, a partir de su Palabra, que nos lleva a dar respuesta a las necesidades de nuestros hermanos.

La segunda actitud nos conduce a asumir una permanente renovación. La Iglesia debe sentirse zarandeada por el Espíritu para dejar sus comodidades y sus apegos. No se debe tener miedo a una renovación fundada en la fe y la esperanza que nos transmite la Buena Noticia. La renovación exige valentía para responder mejor a la llamada del Señor. Concretamente, nos ha indicado el Papa, que en Colombia hay unas situaciones que reclaman de los discípulos el estilo de vida de Jesús, en particular el amor convertido en hechos de no violencia, de reconciliación y de paz.

En tercer lugar, nos pide el Santo Padre involucrarnos. A nosotros nos toca crecer en arrojo, en un coraje evangélico, ante la situación de tantos que tienen hambre de Dios y de dignidad. No podemos impedir el encuentro con Dios, debemos ser por el contrario servidores que salimos a buscarlos a todos. Nos ha dicho el Santo Padre que debemos ser discípulos misioneros, sin miopías heredadas, que sepan ver desde los ojos y el corazón de Jesús y desde ahí juzgar y comprometerse aun arriesgadamente. Estas orientaciones del Papa Francisco en Medellín deben ser de verdad para nosotros una confirmación en la fe, que nos haga vivir firmes y libres en Cristo.