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Las palabras mueven, los ejemplos arrastran, vital premisa trazada por la ejemplar vida del Papa peregrino, tiene su mejor expresión en el Seminario San Juan Pablo II creado e inaugurado –el 27 de octubre de 2011– por el cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington, inspirado por el ejemplo del santo que comenzó su ministerio como un simple sacerdote.

Los seminaristas que ingresan al nuevo centro de formación sacerdotal presentan una común andadura: el ejemplo de sus predecesores para quienes la mejor manera de asegurar nuestra fe es compartiéndola y la mejor manera de asegurar nuestra esperanza es creando esperanza para los demás, destacando nuestro sentido de familia, donde todos participen en todo y nadie se quede afuera porque todos somos respon-sables por la familia.

Nada nace por generación espontánea. Para algunos, la presencia en su entorno de un sacerdote amigo mantuvo viva la idea del sacerdocio como algo natural y cercano que facilita el discernimiento y echa luces sobre lo que quieren con su vida.

Saborear, a través del ejemplo, lo que implica el sacerdocio cuando se observa la entrega enteriza a los fieles, el desvelo por atenderles y escuchar sus preocupaciones, amén de celebrar devotamente la misa.

La idea que tienen los seminaristas del sacerdote es la de un hombre de Dios, un mediador entre Dios y los hombres, un servidor de la gente a quienes asiste como apoyo en su diario vivir.

Para ellos no hay nada vergonzoso en el llamado al sacerdocio. Más bien, prima la admiración por los paradigmas de quienes muestran un gran amor por la misa y por todo lo que hacen por la gente con alegría.

La educación impartida por los padres, dejándose moldear, es de gran importancia. En un mundo secularizado, donde el mundanal ruido es el pan de cada día, es vital -llevar una vida ordenada, no solo moral, sino también intelectual para hacer lo que tienen que hacer cuando tengan que hacerlo. Orden que les permitirá escuchar lo que Dios quiere y discernir con buena razón lo que Él quiere.

Los padres son quienes, en primera instancia, se encargan de transmitir y cultivar la fe y lo que Dios nos habla en la vida: “La ética de trabajo se nos hace más fácil y la certidumbre en las cosas que hacemos es mayor porque se refleja en todo lo que uno hace, sea una oración o una labor cotidiana”.

En el seminario se insiste en la inicial apertura de la persona hacia la gracia divina que es el motor fundamental para seguir adelante, sin perder de perspectiva la devoción a la Virgen María, uno de los grandes pilares de nuestra fe.

Esa apertura, necesaria en un mundo donde el constante ruido impacta el alma, se observa en el caso del hispano en sus tradiciones católicas imbuidas de una gran religiosidad popular, tradiciones que se expresan en las posadas, representaciones o procesiones como la del Señor de los Milagros, el Divino Salvador del Mundo, Nuestra Señora de Guadalupe, Señora de Urkupiña, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, la Virgen de Luján, la Purísima, el Señor de Esquipula, Nuestra Señora de la Divina Providencia, la Negrita, por citar algunas.

Es importante, pues, dar nuestro tiempo para que Dios nos hable. A muchos emigrantes se les olvida esa vital conexión por el incesante y constante ruido de una vertiginosa sociedad de consumo.

Nuestra cultura hispana –orientada a la familia– nos dirige a la fe y a la iglesia, y no necesariamente al sacerdocio, pero, sin embargo, tenemos un respeto y una gran reverencia por la iglesia y el sacerdote.

Esa experiencia particular, gracias a la cultura hispana, hace más fácil encontrar el sendero del sacerdocio, no ‘empuja’ en esa dirección, pero se hace todo más fácil.

Al ver la fe de los diferentes pueblos de nuestra región, donde hay un gran respeto por la iglesia y el sacerdocio, es imposible que uno no se mueva a la fe.

El idioma español tiene, también, sus propias expresiones y particularidades que no se pueden, ni deben, perder. La gente está llamada a mantener su idioma del lugar de donde vienen porque toda una cultura de hispanidad subyace en la lengua materna.