esnlenfrdeitpl

“Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron..... El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta.”  (Mt 13, 3-9)

No necesitamos muchas explicaciones para entender la parábola del sembrador. Necesitamos más bien honradez para reconocer que en cada uno de nosotros se ha producido la siembra y en cambio no siempre se ha producido el fruto, o todo el fruto que podría haberse dado. Y no es porque la semilla no fuera buena, o porque no fuera bueno el campo, sino más bien porque el labrador -nosotros- no hemos cuidado el terreno, no hemos sabido sacar partido a los dones de Dios.

Quizá la mediocridad sea propia de la naturaleza humana, pero aun así es una lástima, una gran pérdida. Cabe recordar aquellos versos de José María Pemán, en “El divino impaciente”, puestos en boca de San Francisco Javier:

“Soy más amigo del viento, señora,

que de la brisa.

Y hay que hacer el bien deprisa,

Que el mal no pierde momento”.

Nos quejamos con frecuencia de las cosas que van mal. ¿Por qué no nos preguntamos qué podríamos hacer, qué hemos hecho o qué estamos haciendo para que vayan bien?. Nadie te culpará de no haber hecho el bien que no puedes hacer, pero tus pecados de omisión serán inscritos en tu cuenta para siempre y probablemente constituirán la parte más larga, más oscura, más pesada en el día del juicio.