“Jesús le contestó: ‘Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.” (Jn 4, 10) El Evangelio de esta semana nos narra el episodio del encuentro de Jesús con la samaritana. El Señor aprovechó aquel momento para dar una lección a sus discípulos y, a través de ellos, a todos nosotros: busca el agua viva, nos dice el Maestro. Busca el agua que sacia la sed, el agua de la felicidad interior, tan distinta a esa otra que ofrece el mundo y que puede ser muy satisfactoria en algún momento pero al poco tiempo te deja el paladar estragado. Para buscar ese tipo de agua que Dios nos ofrece sólo necesitamos una cosa: darnos cuenta de que de verdad es la mejor, de que nos interesa estar junto a Jesús porque sólo junto a Él vamos a ser felices, por más que eso tenga un precio y nos suponga renunciar a otras cosas. El agua viva, el agua que sacia la sed de felicidad, sólo la tiene Cristo. Lo demás son imitaciones o, como mucho, realizaciones parciales. Sabiendo esto, estando convencidos de ello, no nos importará pagar el precio que sea para lograr ese preciado tesoro. Para conseguirlo, continuando con el propósito de la semana anterior, debemos recordar aquellos momentos de nuestra vida en los cuales nos hemos sentido felices precisamente porque estábamos con Dios, porque teníamos paz interior. También debemos recordar aquellos otros en los que, por habernos alejado del Señor, las cosas han empezado a ir mal. Puede ser que eso no haya sucedido, porque no nos hayamos separado nunca de su lado. En ese caso, debemos fijarnos en lo que les ha pasado a los que lo han hecho, para darle gracias a Dios porque Él ha sido nuestro protector, la fuente de nuestra felicidad.