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Es la tradición fundacional de Nomadelfia. Esa comunidad, enclavada en el corazón de la Toscana, nació de la voluntad de acoger a los más frágiles: los niños. El día de su primera misa, el 6 de enero de 1931, don Zeno Saltini adoptó su primer hijo. Entonces comenzó esta “nueva ciudad”, donde las “madres de vocación” acogen como propios a los pequeños que lo necesitan. Hoy, Francisco emuló aquella intuición original. Presidió el sugestivo rito de entrega de dos niños a sus nuevas familias. Fue la primera vez de un Papa, el sello final a un estilo de vida extremo de solidaridad que desafía todas las reglas del individualismo moderno.

“Mujer, aquí tienes a tu hijo. Hijo, aquí tienes a tu madre”. Con esas palabras, dirigidas por Jesús a María y Juan desde la cruz, se cumple el rito de la encomienda. Un acto sobrio, pero altamente significativo. Esta vez lo presidió Jorge Mario Bergoglio, en la capilla del grupo familiar “Poggetto”. Allí, junto a las familias que viven en ese asentamiento, uno de los 11 esparcidos a lo largo de las 400 hectáreas que componen los campos de Nomadelfia en la zona toscana conocida como Maremma.

Tras visitar la tumba de don Zeno, en el cementerio de la aldea, el pontífice llegó al conjunto de casas donde lo esperaban las familias. Lo acompañaron a visitar sus modestas residencias. En la zona común, junto a un gran comedor, perennemente se conserva la eucaristía. Cada grupo familiar la tiene, gracias a un especial permiso. En ese lugar, Francisco pronunció las simbólicas palabras. Fue un momento íntimo y reservado, alejado de cualquier circo mediático.

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En Nomadelfia viven actualmente 60 familias. Algunas de estas formadas por “mamás de vocación” y otras por matrimonios. Todas ellas están abiertas a la acogida de hijos en dificultad o en estado de abandono, que les son asignados por la propia comunidad. No existen diferencias entre los hijos propios y los acogidos. Como decía el propio don Zeno: “Estos son hijos de Dios, no de ustedes. Ninguno puede decir que el hijo es suyo: es hijo de todos”.

Aquel día de enero de 1931, el sacerdote acogió como hijo un joven de 17 años apenas salido de la cárcel. Sobre aquel momento explicó: “Lo recibo como hijo: me caso con la Iglesia y así le hago dar a luz un hijo de esos molestos. Renació un hombre al mundo: no nació de la sangre, ni del instinto, ni de la voluntad del hombre, sino nacido de Dios”.

Desde entonces, más de cinco mil hijos han sido recibidos por las familias de Nomadelfia. En 1941 Irene, la primera “mamá de vocación” en la historia de la comunidad, decide escapar de su casa para dar su vida a estos niños. En el día de la Inmaculada Concepción de ese año recibe el permiso del obispo local y la noche de Navidad posterior, el párroco le entrega 12 hijos. Era la chispa inicial del grupo, que en 1949 se trasladó a los campos que ahora ocupa.

En la historia del grupo, muchos obispos y cardenales presidieron el rito de entrega. El 13 de noviembre de 1949 lo hizo el cardenal Alfredo Ildefonso Schuster, arzobispo de Milán. Ante más de 30 mil personas, congregadas en la catedral de esa ciudad, afirmó: “¿Qué es el fenómeno de Nomadelfia? Es el retorno de los cristianos al espíritu del santo evangelio”.

El 19 de junio de 1986 tocó al turno a otro pastor milanés, el cardenal jesuita Carlo María Martini. Él visitó la comunidad en Toscana y entregó 14 hijos. El 26 de junio de 1986, el cardenal Silvano Piovanelli, arzobispo de Florencia, celebró tres matrimonios, bendijo una “mamá de vocación” y asignó a las familias 22 nuevos hijos.

Durante su visita a Nomadelfia el Papa recibió varios regalos: una piedra blanca con su nombre escrito, igual a la piedra que él mismo depositó sobre la tumba de Zeno Saltini en el cementerio. Es tradición que quien pasa por esta comunidad, coloca su piedra a los pies del fundador. Un obsequio de poco valor para el mundo, pero precioso para “construir el reino de Dios”.

También le obsequiaron tres libros: Uno realizado con fotos y dibujos que recorren la historia del grupo, una especie de diario de viaje con reflexiones y comentarios, un ejemplar único fruto de un trabajo colectivo en la escuela interna de la ciudad. Otro volumen, copia del libro fotográfico: “Don Zeno 100 años” realizado en el año 2000. Y un tercero, una selección de meditaciones, cartas y discursos sobre algunos argumentos como la Iglesia y el sacerdocio.

Pero el regalo más alegre fue la exhibición, con sorprendente eficacia, del “Jarabe Tapatío”, la tradicional danza mexicana que 10 parejas de jóvenes de la comunidad ofrecieron a Francisco. En honor a sus orígenes latinoamericanos y en homenaje a la alegría de vivir de los mexicanos.

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Al final, antes de despedirse y tras una sesión de fotos del recuerdo, el Papa improvisó unas breves palabras para agradecer los regalos que recibió, “regalos que valen mucho porque vienen del corazón”. “Muchas gracias por la acogida, por la alegría. Sigan adelante, y recen por mí”, concluyó. Luego se dirigió al helicóptero que lo conducirá a Loppiano, segunda parte de su visita toscana.